A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales algún día diré vuestro nacer latente: negro corsé velludo de moscas deslumbrantes, A, al zumbar en tomo a atroces pestilencias, calas de umbría; E, candor de pabellones y naves, hielo altivo, reyes blancos, ombelas que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira en labio bello, en labio ebrio de penitencia; U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares, paz de pastos sembrados de animales, de surcos que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian. O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles: O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos. Arthur Rimbaud
«El durmiente del valle»Es un surco de verdura donde canta un río Prendiendo entre risas jirones de plata por las yerbas; donde el sol alumbra desde la altiva montaña: es una vaguada que hierve de fulgor. Un soldado joven, cabeza desnuda, boca abierta Y la nuca encharcada entre el fresco berro azul, Duerme; está tendido sobre la yerba, bajo el cielo, Pálido en su lecho verde donde llueve la luz. Duerme con los pies entre gladiolos. Sonriendo Como haría un niño enfermo, sueña: ¡Mécelo con amor Naturaleza, que tiene frío! Los aromas ya no estremecen sus sentidos, Duerme tranquilo al sol, con una mano sobre el pecho. Dos hoyos rojos se abren en su costado. Arthur Rimbaud La destrucción A mi lado sin tregua el Demonio se agita; En torno de mi flota como un aire impalpable; Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones De un deseo llenándolos culpable e infinito. Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte, De la más seductora mujer las apariencias, y acudiendo a especiosos pretextos de adulón Mis labios acostumbra a filtros depravados. Lejos de la mirada de Dios así me lleva, Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro De las hondas y solas planicies del Hastío,
Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos, Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas, ¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive! Charles Baudelaire
Crepúsculo matutino La diana resonaba en todos los cuarteles Y apagaba las lámparas el viento matutino. Era la hora en que enjambres de maléficos sueños Ahogan en sus almohadas a los adolescentes; Cuando tal palpitante y sangrienta pupila, La lámpara en el día traza una mancha roja Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado, Imita los combates del día y de la lámpara. Como lloroso rostro que enjugase la brisa, Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas Y se cansan los hombres de escribir y de amar. Empiezan a humear acá y allá las casas, Las hembras del placer, con el párpado lívido, Reposan boquiabiertas con derrengado sueño; Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos, Soplan en los tizones y soplan en sus dedos. Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío, Las parturientas sienten aumentar sus dolores; Como un roto sollozo por la sangre que brota El canto de los gallos desgarra el aire oscuro; Baña los edificios un océano de niebla, y los agonizantes, dentro, en los hospitales, Lanzan su último aliento entre hipos desiguales. Los libertinos vuelven, rotos por su labor. La friolenta aurora en traje verde y rosa Avanzaba despacio sobre el Sena desierto Y el sombrío Paris, frotándose los ojos, Empuñaba sus útiles, viejo trabajador. Charles Baudelaire Yo soy un hombre sincero De donde crece la palma, Y antes de morirme quiero Echar mis versos del alma. Yo vengo de todas partes, Y hacia todas partes voy: Arte soy entre las artes, En los montes, monte soy. Yo sé los nombres extraños De las yerbas y las flores, Y de mortales engaños, Y de sublimes dolores. Yo he visto en la noche oscura Llover sobre mi cabeza Los rayos de lumbre pura De la divina belleza Alas nacer vi en los hombros De las mujeres hermosas: Y salir de los escombros Volando las mariposas. He visto vivir a un hombre Con el puñal al costado, Sin decir jamás el nombre De aquella que lo ha matado. Rápida, como un reflejo, Dos veces vi el alma, dos: Cuando murió el pobre viejo, Cuando ella me dijo adiós. Temblé una vez, - en la reja, A la entrada de la viña, - Cuando la bárbara abeja Picó en la frente a mi niña. Gocé una vez, de tal suerte Que gocé cual nunca: - cuando La sentencia de mi muerte Leyó el alcalde llorando. Oigo un suspiro, a través De las tierras y la mar, Y no es un suspiro, - es Que mi hijo va a despertar. Se dicen que del joyero Tome la joya mejor, Tomo a un amigo sincero Y pongo a un lado el amor. Yo he visto al águila herida Volar al azul sereno, Y morir en su guarida La víbora del veneno Yo sé bien que cuando el mundo Cede, lívido, al descanso, Sobre el silencio profundo Murmura el arroyo manso. Yo he puesto la mano osada, De horror y júbilo yerta, Sobre la estrella apagada Que cayó frente a mi puerta. Oculto en mi pecho bravo La pena que me lo hiere: El hijo de un pueblo esclavo Vive por él, calla, y muere. Todo es hermoso y constante, Todo es música y razón, Y todo, como el diamante, Antes que luz es carbón. Yo sé que el necio se entierra Con gran lujo y con gran llanto, - Y que no hay fruta en la tierra Como la del camposanto. Callo, y entiendo, y me quito La pompa del rimador: Cuelgo de un árbol marchito Mi muceta de doctor. José Martí Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca.
José Martí
«Canto a mí mismo»Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. Vago… e invito a vagar a mi alma. Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra par ver cómo crece la hierba del estío. Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí, de esta tierra y de estos vientos. Me engendraron padres que nacieron aquí, de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí, de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta. Y con mi aliento puro comienzo a cantar hoy y no terminaré mi canto hasta que me muera. Que se callen ahora las escuelas y los credos. Atrás. A su sitio. Se cuál es mi misión y no lo olvidaré; que nadie lo olvide. Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal, dejo hablar a todos sin restricción, y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada. (...) Walt Whithman
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