1.- EL ADULTERIO:
-¡Oh!, ¡es que te quiero! -replicaba ella-, te quiero tanto que no puedo pasar sin ti, ¿lo sabes bien? A veces tengo ganas de volver a verte y todas las cóleras del amor me desgarran. Me pregunto: ¿Dónde está? ¿Acaso está hablando con otras mujeres? Ellas le sonríen, él se acerca. ¡Oh, no!, ¿verdad que ninguna te gusta? Las hay más bonitas; ¡pero yo sé amar mejor! ¡Soy tu esclava y tu concubina! ¡Tú eres mi rey, mi ídolo! ¡Eres bueno! ¡Eres guapo! ¡Eres inteligente! ¡Eres fuerte!
Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad para él.
Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectosmediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las
metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
Madame Bovary de Gustave Flaubert
“Cuanto más conocía a Vronsky, más le amaba. Le amaba por sí mismo y por el amor en que él la tenía. El poseerle por completo colmaba su ventura. Su proximidad le alborozaba. Los rasgos de su carácter, que cada vez conocía mejor, se le hacían más queridos.Su aspecto físico, muy cambiado al vestir de hombre civil, le era tan atractivo como podía serlo para una joven enamorada. En cuanto hacía, decía o pensaba Vronsky, Ana hallaba algo especial, elevado y noble. La admiración que sentía por él llegaba a veces a asustarla. Ana trataba de hallar en su amado algo que no fuera agradable. No se atrevía a dejarle ver la conciencia que tenía de su propia insignificancia.Parecíale que, al verlo, Vronsky había de dejar de amarla más pronto, y ella nada temía tanto como perder su amor, aunque no tenía motivo alguno de temor a este respecto.”
"Un hombre, por lo menos, es libre. Puede pasar por todas las pasiones, recorrer los países, saltar los obstáculos, hincar el diente a los más exóticos placeres. Pero una mujer está continuamente rodeada de trabas. Inerte y flexible al mismo tiempo, tiene en contra suya tanto las molicies de la carne como las ataduras de la ley. Su voluntad, igual que el vuelo de su sombrero sujeto por una cinta, flota a todos los vientos; siempre hay algún anhelo que arrebata y alguna convención que refrena”.
Ana Karenina de León Tolstoi
«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando… y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles de ceniza, ¡quia pulvis es! eres polvo, eres materia… "
La Regenta de Leopoldo Alas "Clarín"
2.- LOS CAMBIOS SOCIALES, LA INJUSTICIA SOCIAL
-Buenas noches -dijo, acercándose a una de ellas.
El carretero, que era un anciano vestido con un capote de lana morada, y abrigada la cabeza con una gorra de piel de conejo, estaba en pie, de espaldas a la lumbre, mientras el caballo, un penco tordo, esperaba, con la inmovilidad de una estatua, a que desocuparan las seis carretillas que arrastraba. El obrero empleado en esta faena, un mozo pelirrojo, no se daba prisa, tomando con calma la operación de ir aumentando el montón de hulla.
-Buenas noches -respondió el viejo.
Hubo un momento de silencio. El hombre, al advertir que le miraba con desconfianza, se apresuró a decir su nombre.
-Me llamo Etienne Lantier y soy maquinista. ¿No habría trabajo por aquí?
Las llamas de la hoguera le iluminaban, y gracias a ellas se veía que representaba veinte o veintiún años, que era moreno, bien parecido y de aspecto fuerte, a pesar de sus facciones delicadas y sus miembros menudos.
-¿Trabajo para un maquinista? No, no. Ayer mismo se presentaron otros dos. No lo hay.
Una ráfaga de viento les cortó la palabra. Luego Etienne, señalando el montón sombrío de los edificios que había al pie de la plataforma, preguntó:
-Es una mina, ¿verdad?
El viejo no pudo contestar. Un violento acceso de tos se lo impidió. Al fin escupió, y su saliva dejó una mancha negra en el suelo, enrojecido por la brasa.
-Sí, una mina; la Voreux. ¡Ése es el barrio de los obreros!
Y señalaba, con el brazo extendido, el pueblecillo. Pero las seis carretillas-vagones estaban vacías, y el viejo hizo crujir la tralla que llevaba en la mano, andando con trabajo a causa de los dolores reumáticos que atormentaban sus piernas. El caballo echó a andar, arrastrando las carretillas por los rieles, en medio de un nuevo vendaval que le erizaba las crines.
La Voreux iba saliendo como de un sueño ante la vista de Etienne, que mientras se calentaba en la hoguera sus ensangrentadas manos, miraba y distinguía cada una de las partes de la mina, el taller de cernir, la entrada del pozo, la espaciosa estancia para la máquina de extracción y la torrecilla cuadrada de la válvula de seguridad y de las bombas de trabajo. Aquella mina, abierta en el fondo de un precipicio, con sus construcciones monótonas de ladrillos, elevando su chimenea de aspecto amenazador, le parecía un animal extraño, dispuesto a tragarse hombres y más hombres. Mientras la examinaba con la vista, pensaba en sí mismo, en su vida de vagabundo durante los ocho días que llevaba sin trabajo y buscando inútilmente dónde colocarse; recordaba lo ocurrido en su taller del ferrocarril, donde había abofeteado a su jefe, siendo despedido a causa de ello, de allí, y de todas partes después; el sábado había llegado a Marchiennes, donde decían que había trabajo; pero nada; se había visto obligado a pasar el domingo escondido en la caseta de una cantera, de donde acababa de expulsarle el vigilante nocturno a las dos de la madrugada. No tenía un céntimo, ni un pedazo de pan: ¿qué iba a hacer en semejante situación, sin saber en dónde buscar un albergue que le resguardara del frío?
Germinal de Emile Zola
Una tarde extremadamente
calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida
habitación que tenía alquilada en la callejuela de S... y, con paso
lento e indeciso, se dirigió al puente K...Había tenido la suerte de no
encontrarse con su patrona en la escalera. Su cuartucho se hallaba bajo
el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que una habitación,
parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había alquilado el
cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de
abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a
pasar por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y
estaba casi siempre abierta de par en par. En esos momentos
experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que
le humillaba y daba a su semblante una expresión sombría. Debía una
cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella.
No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el
contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de
irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había
habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo
temía encontrarse con su patrona, sino que rehuía todarelación con sus
semejantes. La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta
miseria había dejado de ser para él un sufrimiento. El joven había
renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.
Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski
Aunque no me atreveré a sostener que el hecho de haber nacido en un hospicio es en sí el favor más grande y envidiable que la Fortuna pueda dispensar a una criatura humana, declararé, sin embargo, que en el caso presente fue lo mejor que al pobre Oliver pudo ocurrir. Es el caso que costó ímprobos trabajos conseguir que Oliver se resolviera a llenar sus funciones respiratorias, función penosa, que la costumbre ha hecho necesaria para vivir con reposo. El pobre niño permaneció durante algún tiempo dando boqueadas sobre un colchón fementido, en equilibrio inestable en este mundo y el otro, más inclinado al otro que a éste. Bien seguro es que, si en aquellos momentos críticos hubieran rodeado a Oliver cariñosas abuelas, anhelantes tías, nodrizas expertas y médicos afamados, el niño hubiese muerto a sus manos indubitable e infaliblemente en menos tiempo del que tardo en referirlo; pero como allí no había más que una pobre vieja, casi siempre borracha por efecto
del abuso de la cerveza, y un cirujano que prestaba sus servicios al establecimiento por un tanto alzado, entre el niño y la naturaleza pudieron salir airosos del lance. El resultado fue que, después de algunos esfuerzos, Oliver respiró, estornudó y anunció a los habitantes del hospicio que desde aquel instante iba a pesar una carga nueva sobre la parroquia con un grito tan agudo como racionalmente podía esperarse de un recién nacido que solamente desde tres minutos antes está en posesión de la facultad de emitir sonidos.
No bien Oliver dio esta primera prueba de la fuerza y libertad de sus pulmones, se agitó ligeramente la remendada colcha que en picos desiguales prendía por los lados de la cama de hierro; una joven, cuyo rostro cubrían livideces de muerte, alzó penosamente la cabeza sobre la almohada, y murmuró con voz apenas inteligible estas palabras:
—¡Dejen que vea al niño y moriré contenta!
El cirujano, que estaba sentado al amor de la lumbre de la chimenea calentándose las manos, se levantó al escuchar las palabras de la joven, y acercándose al lecho, dijo con mayor dulzura de la que de él era de esperar:
—¡Bah! ¿Quién piensa ahora en morir?
—¡Oh, no! ¡Dios no lo querrá! —terció la enfermera, escondiendo presurosa una botella verde, cuyo contenido acababa de paladear con evidente fruición—. Cuando haya vivido tanto como yo, y sido, como yo, madre de trece hijos, y los haya perdido todos
menos dos, que trabajan conmigo en esta santa casa, otra será su manera de pensar. ¡Piense en la dicha que supone ser madre de un corderito como éste!
Parece que aquella perspectiva consoladora de felicidad maternal no debió de producir grandes resultados. La paciente, moviendo con tristeza la cabeza, tendió sus manos temblorosas hacia el niño.
El cirujano lo depositó en sus brazos. La madre aplicó con ternura sus labios fríos y descoloridos a la frente del recién nacido, pasó después la mano por el rostro, tendió alrededor miradas de extravío, se estremeció convulsivamente, cayó con pesadez sobre la almohada y expiró.
El cirujano y la enfermera frotaron el pecho, las manos y las sienes de aquella madre desgraciada; pero la sangre se había helado para siempre. Le hablaron de esperanza y de consuelo; pero el remedio llegaba demasiado tarde.
—¡Esto concluyó, señora Thingummy! —exclamó, el cirujano al fin.
—¡Pobre mujer! ¡Demasiado lo veo! —contestó la vieja, recogiendo el tapón de la botella verde que había dejado caer sobre la almohada al inclinarse para tomar al niño— ¡Pobre mujer!
—Aunque el niño llore, no es menester mandarme a buscar —dijo el cirujano, calzándose los guantes con gran calma—. Es más que probable que resulte un huésped harto bullicioso; en ese caso, déle un poquito de papilla para calmarle.
Dicho esto, el cirujano se puso el sombrero y, deteniéndose un momento junto a la cama en su camino hacia la puerta, añadió:
—Era una muchacha hermosa; ¿de dónde venía?
—Anoche la trajeron aquí —contestó la enfermera— por orden del inspector. Encontráronla tendida sin conocimiento en medio de la calle. Debía de haber recorrido a pie grandes distancias, pues sus zapatos estaban destrozados; pero nadie sabe de dónde venía ni a dónde iba.
El cirujano se inclinó sobre el cadáver, alzó la mano izquierda de la muerta, y murmuró, moviendo la cabeza.
—¡La historia de siempre! ¡Comprendido!... No lleva anillo de boda... ¡Buenas noches!
Fue el buen cirujano a comer, mientras la enfermera, después de llevar una vez más la botella verde a sus labios, se sentó en una silla baja delante de la chimenea, y procedió a vestir al niño.
¡Cuán admirable ejemplo de la influencia del traje ofreció en aquel momento el niño Oliver! Envuelto en la colcha que hasta entonces fuera su único vestido, lo mismo podía ser hijo de un gran señor que de un mendigo. El hombre más experimentado no hubiera podido señalarle el rango que por su nacimiento debía ocupar en la sociedad; pero luego que le vistieron las mantillas de cotón burdo, amarillentas y deshilachadas a fuerza de años de servicio en el establecimiento, y le fajaron y numeraron convenientemente, el más miope lo hubiese clasificado sin vacilar: aquel niño era un expósito, un hijo de la parroquia, un huérfano del hospicio, el humilde, el mísero paria condenado a sufrir golpes y malos tratos, a vivir despreciado por todo el mundo y por nadie compadecido.
Oliver Twist de Charles Dickens
3.-
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