Como quiera, ¡oh, Señor!, que te acercas de nuevo una vez [más
y preguntas cómo marcha todo entre nosotros,
y ya que de ordinario con agrado solías verme,
así también me ves entre el celestial cortejo.
Disculpa, no sé expresarme de modo grandilocuente,
y aun cuando todo el séquito de mí haga mofa,
mi solemnidad te haría reír seguramente
si no hubieses perdido la costumbre de reír.
Del sol y de los mundos no sé decir gran cosa,
yo sólo veo que los hombres se atormentan.
El diosecillo del mundo sigue siendo el de la misma laya,
y es tan extravagante como en su día primero.
Un poco mejor viviría
si tú no le hubieses dado la ilusión de la luz del cielo;
la llama razón y la emplea únicamente
para ser más bestia que todas las bestias.
Paréceme a mí, con perdón de Vuestra Señoría,
como una de esas cigarras de largas patas
que siempre vuela y que, volando, salta,
y que, en tocando la hierba, entona su vieja cantinela;
¡y si al menos se hubiese quedado para siempre en la hierba!;
que no hay pijotería en la que no meta su nariz.
¿No tienes otra cosa que decirme?
¿Es que sólo has de venir a presentar queja?
¿No habrá jamás en la tierra nada que sea de tu agrado?
¡Nada!, Señor, que todo me sigue pareciendo, como siempre, [detestable.
Los hombres me dan lástima, en sus días de miseria,
y hasta a mí mismo me disgusta martirizar a esas pobres criaturas.
¿Conoces a Fausto?
¿Al doctor?
¡A mi siervo!3
¡Ciertamente!, os sirve de manera muy singular.
No son terrenas la bebida ni la comida de ese loco.
Le impulsa la agitación en la lejanía;
él mismo, de su demencia, a medias se da cuenta;
del cielo exige sus más bellas estrellas,
y de la tierra, todo placer sublime,
y ni lo próximo ni lo lejano
colman a ese pecho profundamente conmovido.
Aunque ahora me sirva sólo ofuscadamente,
pronto le llevaré a la claridad.
Pues sabe el jardinero, cuando el arbusto verdece,
que flor y frutos adornarán los años venideros.
¿Qué os apostáis? ¡Pues todavía habréis de perder
si me dais permiso
para llevarlo con tiento a mi camino!
Mientras viva sobre la tierra,
no te será vedado;
que yerra el hombre en cuanto aspira.
jamás me he sentido bien.
Me gustan sobre todo las mejillas llenas y lozanas.
Detesto los cadáveres;
me pasa a mí como el gato con el ratón.
Pues bien. ¡quédese a tu cargo!
Aparta a esa alma de su fuente primitiva
y arrástrala, si es que aprehenderla puedes,
por tus caminos en pendiente,
o avergüénzate si tienes que reconocer
que un hombre bueno, en su oscuro impulso,
es bien consciente del camino justo.
¡Está bien!, no requerirá mucho tiempo.
No me asusto en modo alguno de mi apuesta.
Si llego a alcanzar mi meta,
permitidme el triunfo a voz en grito.
Polvo ha de comer, y con fruición,4
como mi avúncula, la famosa serpiente.
Libre eres de hacer como te plazca,
a los de tu condición nunca he odiado.
De todos los espíritus que niegan,
el pícaro es el que menos me importuna.
La actividad del hombre puede hacer demasiado fácilmente,
éste pronto se inclina al reposo ilimitado;
por eso le adjudico gustoso a un compañero
que azuza y actúa y ha de trabajar como un demonio.
Mas, vosotros, los verdaderos hijos de Dios,
¡regocijáos por las vistas y espléndidas bellezas!5
Lo que está en gestación, lo que actúa y vive eternamente,
os retiene en las excelsas barreras del amor,
y aquello que en vacilante aparición fluctúa,
¡afianzadlo en perdurables pensamientos!
De tiempo en tiempo me gusta ver al viejo,
y buen cuidado pongo en no romper con él.
Es muy amable de un señor tan grande
que tan humanamente hasta con el demonio hable.
Lee el siguiente fragmento de Guillermo Tell, del escritor romántico Friedrich Schiller, que recrea la leyenda en torno a este personaje:
| Monumento a Guillermo Tell en Altdorf, Suiza, por Richard Kissling. Imagen en Wikimedia Commons de Photoglob AG bajo dominio público |
GESSLER (Pausa).- ¿Así desprecias tú a tu Emperador, oh Tell, y a mí, que lo represento, y rehúsas reverenciar ese sombrero que hice poner en ese palo para probar vuestra obediencia? Dejaste entrever así tu dañada intención.
TELL.- Perdonadme, buen señor; por inadvertencia, no por mofa, lo hice. Si yo lo hubiese hecho con premeditada intención, tan verdad como me llamo Tell, que no implorara vuestra clemencia, aunque así y todo no la invocaré más.
GESSLER (Después de un momento de silencio).- Dicen que eres maestro en tirar la ballesta, y que jamás yerras el blanco.
GUALTERIO TELL.- Es cierto, señor, que mi padre, a los cien pasos, derriba una manzana de un árbol.
GESSLER.- ¿Es éste hijo tuyo, Tell?
TELL.- Sí, señor.
GESSLER.- ¿Tienes más hijos?
TELL.- Dos, señor.
GESSLER.- ¿Y a cuál de los dos quieres más?
TELL.- Quiero lo mismo a los dos.
GESSLER.- Bien, Tell; puesto que aciertas a una manzana en el árbol, a los cien pasos, darás en mi presencia una prueba de tu destreza... Toma la ballesta. La tienes en la mano... y disponte a acertar una manzana en la cabeza de tu hijo. Pero te aconsejo que apuntes bien y que la toques al primer disparo, porque si la yerras, te va en ello la cabeza.
(Todos se horrorizan.)
TELL.- Señor... ¿Qué monstruosidad exigís de mí?... que yo, en la cabeza de mi hijo... no, no, buen señor, imposible que habléis formalmente... ¡Líbreme de ello Dios misericordioso!... ¡No podéis mandarlo en vuestro juicio a padre alguno!
GESSLER.- Tirarás a una manzana, puesta en la cabeza de tu hijo... ¡lo deseo y lo ordeno!
SCHILLER, FRIEDRICH.Guillermo Tell. Acto III, Escena III. Ediciones elaleph (http://www.elaleph.com)
Después de leer el fragmento y consultar la página de Wikipedia sobre la leyenda de Guillermo Tell, responde:
- ¿Qué aspectos del héroe romántico encarna Guillermo Tell?
- ¿Qué rasgos discursivos indican que se trata de una obra dramática?
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